SOLO DIOS Y YO



SOLOS DIOS Y YO.....

«Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre… Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas» (Sal 139:13,16). Desde nuestra concepción celular o microscópica nuestro único contacto se inició así: Dios y yo. Él inició nuestra formación y se ocupó de cada parte de mi ser, concibiendo en mí, sus ideas y proyectos, sabia y pacientemente, y al final: un ser con características especiales; pero no iguales a otros seres. No hay, ni lo habrá nunca, otro ser igual que tú y yo, y cada aspecto físico –belleza y aún defectos– en su perfecta voluntad y omnisciencia tendrá un objetivo o función especial para formar dentro de ese cuerpo físico un ser espiritual y que padece a causa del mismo, el cual un día tendrá también que vencer, para configurar mediante su inteligencia un ser espiritual que se renueva de día en día, que es el que realmente Dios quiere. De manera, que al nacer venimos a un mundo en el cual ya no tendremos una relación únicamente de Dios y yo, sino con ese cuerpo predeterminado tendremos que introducirnos y relacionarnos con miles de seres, cosas y circunstancias en la trayectoria corta o larga de nuestra existencia, las cuales influirán en forma de prueba y para formación positiva para que aquel nuevo ser experimente todo lo que Dios quiere y su vida sea perfeccionada de día en día. Pero dentro de toda esta vivencia hay cosas que no entiendo, y tal vez aquí nunca las entenderé, pero hay algo que nunca debo de perder y es esa relación íntima él y yo, la cual mantendrá dentro de mi ser una identidad preciosa con aquel que es nuestro creador; entonces, la aceptación de nuestras circunstancias deberá siempre de estar ligada a aquella obra perfecta, y en ese entendido tendré que vencer lo humano y hacer morir lo terrenal en mí. Y es que «todo aquel es nacido de Dios vence al mundo…» (1Jn.5:4). La meta entonces es vencer a todo y a todos aquellos que conforman nuestro cosmos, y es sólo la intimidad él y yo, la que nos va a permitir no perder esa visión de dónde estamos. Hay momentos en que no entendemos ni vemos nada, absolutamente nada; pero hoy la única arma poderosa para seguir aún sin ver, para avanzar sin nadie a la par, para luchar, aunque las batallas parecerán ya perdidas, es la fe, aquella que me guía. Yo sigo con esa seguridad en que pasé desde el nacimiento, por el canal del parto, estando solos espiritualmente él y yo. Y luego, al analizar nuestra trayectoria en el desierto de la vida, o encontrarnos aun ante la muerte misma, quizás en aquel momento en que tal vez habrá mucha gente, pero al final estarás solo él y tú, él y yo. Si durante la vida has perdido esa visión, es necesario retomar esa unidad, avanzando a ella para vencer al mundo con sus vanidades, porque «…vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl.1:2), «el que ama su vida, la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará» (Jn.12:25). ¿Ha sido la vida suficiente prueba hasta hoy para saber que somos o no somos él y yo? Sin embargo, esta vida es la única oportunidad, pues «…está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (He.9:27). Si estamos unidos él y yo, estaremos eternamente ligados a él y esta vida presente será únicamente un instrumento más para perfección en nuestra relación él y yo

PUBLICADO POR :DAVID GOMEZ
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